En un abrir y cerrar de ojos mi hija mayor se convirtió de bebé rollizo y precioso, en una señorita alta de largos rizos rojizos y grandes ojos verdes. Mi pequeña, que ya no lo es, que ya no es pequeña ¿seguirá siendo mía?.
A menudo escucho a futuras mamás hablar sobre la maternidad, y sobre si sabrán cuidar del bebé, o entender sus demandas, de si lo harán bien o si serán buenas madres. Esto a mi nunca me pasó con mis hijas, siempre tuve gran serenidad al respecto, sabía que no había nada que entender, nada que saber, que ellas me guiarían y que todo estaría bien. Pero crecen, y esta etapa que me atropella me inunda de dudas y preguntas «¿lo haré bien?«.
La miro y me siento incrédula, aun me cuesta creer que mi bebé tiene 12 años, que ya pasó todo ese tiempo y que cada día me hace sentirme orgullosa de ella con su madurez, con su empatía por los demás y porque ya se ve venir la gran mujer que será. Va por buen camino.
Sin embargo, mis miedos crecen, temo no saber estar a su lado como ella se lo merece, como ella me necesita, temo no encontrar ese punto medio que los hijos adolescentes requieren, ese estar acompañando, sin invadir, sin molestar. Pero quiero que sepa que estoy siempre a su lado ¿cómo se lo explico sin hacerla sentir incómoda?.
Supongo que esta es una etapa más, que al igual que cuando era pequeña el tiempo y ella me irán indicando que hacer y como hacerlo.
Pero, lo confieso, me muero de miedo.


