Fobia de impulsión en la maternidad

Llevo mucho tiempo queriendo publicar este post y creo que tras tantos años es hora de hacerlo. Allá vamos.

Cuando fui madre, hace 12 años y medio, yo solo tenía 23 recién cumplidos y ninguna expectativa sobre la maternidad: pocas veces había tenido un bebé en brazos y no estaba especialmente ansiosa por hacer las cosas bien o mal. Simplemente me dejaba llevar. Era feliz y nada me interesaba más en mi vida que estar con esa pequeña bebita sonriente y tranquila.

Al poco tiempo de nacer la niña, no recuerdo especialmente ni cuando, ni como, sentía que cuando pasaba con la bebé en brazos por al lado de la ventana, la horrenda fantasía de lanzarla al vacío. Ahora si, esto que pensáis vosotros al leerme, lo pensaba yo de mi… «me estoy volviendo loca«.

La situación se agravaba y se hacía más angustiante porque me gustaba pasar tiempo con la niña en brazos, porque estaba todo el día sola y porque en mi casa, como en todas, había ventanas. Por suerte la niña nació en enero y como era invierno, manteníamos todo cerrado, pero al llegar el verano, se hizo cada vez más duro.

El tiempo pasó y de a poco, a medida que la niña gateaba y caminaba esos pensamientos se fueron diluyendo hasta desaparecer. Pero me habían dejado una cicatriz muy dolorosa.

Unos años después, frecuentaba un foro de maternidad donde al fin le pude poner nombre a ese trastorno que sufrí en silencio «fobia de impulsión«. Y vi cielo abierto, especialmente porque volvía a estar embarazada y sabía que todo aquello volvería con otro bebé.

La fobia de impulsión se trata de un miedo irracional a cometer un daño mortal, a uno mismo  o a terceros. Es solo miedo, del malo, porque uno llega a creer que esos pensamientos nacen de uno mismo y no del estado de ansiedad elevadísimo que uno está viviendo.

En esta web lo explican bastante bien:

Los pensamientos creados son muy intensos y además moralmente muy fuertes, creyendo que somos “malas personas” porque haremos daño a otras personas más indefensas que nosotros. Pero es indudable, desde luego, que la persona que está sufriendo este tipo de miedos no tiene la intención de hacer nada, no desea por nada del mundo que sucedan esos pensamientos que imagina; pensamientos como pueden ser:

• Miedo a hacer daño a otras personas con un arma, habitualmente cuchillos.
• Miedo a saltar o empujar a alguien por un balcón, a las vías del tren, a la calzada, etc.
• Miedo a hacer daño a su bebé, sobre todo se manifiesta el pánico a ahogarlo mientras es el momento del baño.
• Miedo a atropellar a alguien intencionadamente mientras conduce un vehículo.

Así, la persona se debate entre unos pensamientos que le aterran enormemente, le mantienen especialmente alerta y que además hacen que llegue a cuestionarse su propia moralidad, y una tensión constante creada ante la idea de que esto no llegue a suceder de ninguna de las maneras; por ello, esto es lo que le lleva enérgicamente a evitar todo tipo de situaciones y objetos que puedan dañar a los demás, viendo, en muchos casos, su ritmo diario habitual interferido por el miedo. Desarrollando así a lo largo de tiempo (en el que el miedo a la pérdida de control, o locura, y la evitación se darán con frecuencia) lo que se llama una fobia de impulsión.

Digamos que aprendemos a activar un sistema de avisos con los que estar advertidos de las posibles dificultades que nos rodean, dándole a nuestro cerebro una orden de cautela constante para que no se olvide del peligro (peligro completamente inexistente si lo sopesamos de forma objetiva), para por si acaso surge un “momento de locura”. De tal manera que es necesario que no confundamos y terminemos creyendo que esto tiene algo que ver con factores que implican un trastorno mental grave, equiparándolo con fenómenos de tipo psicótico como la esquizofrenia; simplemente es un mecanismo, que tiene que ver con factores de ansiedad, a través del cual desarrollamos una especie de sistema de prevención extremo que termina condicionando nuestra forma de relacionarnos con la vida. Se tratará, por tanto, de ir “relajando” ese sistema de prevención, para que, en la medida en que nos lo permitamos a nosotros mismos, podamos comprobar poco a poco, y a base de pequeños acercamientos, que realmente el peligro imaginado y la situación real no tienen porqué corresponderse el uno con el otro, por muy real que se viva en el terreno íntimo de cada uno.

En el caso de mi segunda hija el miedo era otro, pero bueno, yo ya estaba al tanto de lo que pasaba y eso me daba más confianza y también hizo que se fuera mucho antes.

Este post es para decirte, que si has pasado por esto, no estas sola, es normal y se irá con el tiempo, que pidas ayuda, o si una amiga, hermana o conocida te lo ha contado, no está loca, no te alarmes, anímala a pedir ayuda, porque la necesita.

Por suerte en ambos casos conté con el apoyo de mi marido, el padre de mis hijas, quien sin juzgarme intentó por todos los medios convencerme de que solo eran miedos, y que nada de eso que yo temía se haría realidad.

 

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